Desde hace décadas, Erb Mon ha hecho de la movilidad un método y del espacio público un campo de experimentación. Su trabajo abarca desde la fotografía y el paste-up hasta, más recientemente, el muralismo; una práctica que convoca a niños y vecinos a participar en la transformación de los lugares que habitan, haciendo que las fachadas dejen de ser neutras y que los patios se abran visualmente. El artículo reúne obras realizadas para centros de enseñanza o áreas de juego: murales que expanden el entorno a través de la imaginación y la creatividad.

Mural 'Estrangeiro' de Erb Mon. Instituo en Parla.
Erb Mon llegó de Brasil a España hace aproximadamente tres décadas, y si algo le caracteriza es el movimiento, el cambio: desde hace alrededor de diez años, vive en cinco o seis ciudades cada año y se desplaza a unas quince para pintar. Allí donde se instala, alquila un piso durante uno o dos meses, monta un estudio provisional y vuelve a empezar. La economía material de Erb Mon cabe, según explica, en una maleta de cuarenta litros: pinceles, rodillos, un par de mudas y poco más. Esa movilidad forma parte de su método de trabajo: cada estancia temporal le permite instalarse y responder a un lugar diferente antes de desplazarse de nuevo.
Antes de pintar fachadas, Erb Mon empezó con la fotografía, en una época anterior a internet. Trabajaba en blanco y negro, saturaba las imágenes y buscaba la manera de hacerlas circular por las calles. De esa operación nació el paste-up: imágenes y pósteres pegados en distintos puntos de la ciudad, actividad a través de la que descubrió el arte en el espacio público y enamorarse de sus posibilidades que considera "extremadamente democrático".
El arte puede actuar de forma visible, pero también desde el subconsciente, con una dimensión didáctica que suaviza el espacio urbano. Esa convicción explica su distancia inicial respecto al cuadro como objeto: Erb Mon nunca ha creído demasiado en la pieza aislada y ha encontrado en el mural una manera de entregarse al mundo sin acumular cosas.
La escala de la práctica se expresa en cifras que Erb Mon ofrece como aproximaciones: unos 250 murales y más de 70 documentados mediante fotografías en las que aparecen tanto la pintura como el entorno. Para Erb Mon, un mural no termina en sus límites gráficos: su sentido depende de la arquitectura que modifica, del suelo que lo recibe y de la actividad que sucede delante.

CEIP Sant Cristòfol en Les Planes d’Hostoles, Girona, 2023. Mural: 'Navigators'.
La fijación que organiza el trabajo de Erb Mon está formulada con claridad: "cambiar la arquitectura". Cuando una línea cruza una fachada, la mirada deja de seguir únicamente ventanas, esquinas y juntas; empieza a leer un nuevo orden. Las proporciones aparentes se desplazan, los límites se vuelven inestables y la construcción adquiere otra presencia.
La composición, por tanto, no responde a una receta formal. Erb Mom rechaza la indicación automática de hacer una intervención vertical porque el muro sea alto. En el patio de un colegio, una composición vertical puede cerrarlo todavía más. La estrategia debería ser "tirar ese muro, no crear rejas": prolongar el campo visual, acompañar el movimiento y conseguir que las líneas hagan que el espacio se abra. La pintura no añade volumen, pero sí puede alterar la experiencia del volumen.

Ejecución de mural para el polideportivo Gallur, Madrid, dentro del programa Compartiendo Muros.
Erb Mon resume las decisiones fundamentales en tres factores. El primero es la acción: el mural debe acompañar e incentivar lo que sucede en el lugar. El segundo es el horizonte y la perspectiva, que determinan la relación entre el dibujo, el cuerpo y la distancia. El tercero es la bondad, una cualidad que considera indispensable en los espacios colectivos. La intervención no puede ser una forma autónoma que se impone a la vida del edificio; debe responder a las personas, a los usos y a la posibilidad de que el lugar sea más acogedor.
Uno de los referentes que menciona es Oscar Niemeyer, a quien Erb Mon considera un genio no solo de la arquitectura, sino también del pensamiento. Le interesa la cosmología que encontraba en la forma de hablar de Niemeyer sobre lo que hacía: una arquitectura entendida como concepción del mundo y no únicamente como respuesta funcional. Desde esa perspectiva, cuatro ventanas grises o beige y una fachada sin relación con lo que ocurre delante siguen siendo arquitectura, pero también lo son las líneas, el dinamismo, el color, la perspectiva y la manera en que un espacio se abre o se cierra.

Associació Esportiva Badalonès, Badalona 2026. Mural: 'Luz'
La defensa del color parte de una comparación directa: la naturaleza es multicolor, mientras que las ciudades suelen ser grises y beige. “¿Qué había ocurrido para que la funcionalidad urbana nos alejase tanto de esa variedad de estímulos que ofrece la naturaleza?", se pregunta.
Erb Mon vincula esa uniformidad con la alienación contemporánea. Sitúa en los años sesenta y setenta una época especialmente creativa y observa que, después de los ochenta y durante los noventa, el arte, la arquitectura y el color volvieron a homogeneizarse. Frente a la ciudad gris y beige, el color no es un adorno añadido: es una forma de acercar la vida urbana a la naturaleza y de recordar que la diversidad puede ser también una condición espacial.

CEIP Alejandro Rubio en Guadalix de la Sierra, Madrid, 2024. Mural: 'Life on Earth'.
La materia del mural empieza en el soporte. Erb Mon recuerda que al principio pintaba con spray y que después pasó a la pintura plástica. Actualmente utiliza pintura de revestimiento de fachada de muy buena calidad y aplica siempre una imprimación antes de pintar. Para los trabajos participativos prefiere una pintura al agua, que considera no tóxica y adecuada cuando muchas personas intervienen sobre la superficie. La elección del producto forma parte de la relación con el edificio: el revestimiento y la imprimación son la base de la permanencia que Erb Mon busca para sus murales.

Aunque suele preparar un boceto, no lo considera una predicción exacta. En una superficie enorme, la escala convierte la ejecución en una negociación corporal que describe como "domar a un gigante": el artista queda pequeño en la grúa frente a un muro que parece desproporcionado.

Erb Mon no utiliza un sistema exhaustivo de marcas ni una ampliación mecánica; amplía a ojo. Para orientarse trabaja con cuatro guías y, desde esas referencias, construye el dibujo de arriba abajo, «como una impresora». Se aleja para comprobar el efecto y modifica lo necesario mientras observa el conjunto. La improvisación no es un gesto añadido al final, sino una acción física: mientras pinta, Erb Mon ve a la vez el muro, la arquitectura y el entorno. El cielo, el trayecto del sol, lo que hay al lado, el color del suelo y las actividades que se desarrollan alrededor condicionan lo que acabará apareciendo. Las decisiones se toman mientras observa esas condiciones directamente en el lugar.
La cinta ayuda a organizar las líneas, pero no las deja perfectas: todo debe perfilarse después a pincel. La precisión de una línea aparentemente sencilla es el resultado de muchas horas de trabajo manual y de una atención constante a la escala.

Instituto La Ferreria en Montcada i Reixac, Barcelona, 2021. Mural: "Now Future 1".
Aproximadamente el 95 % de los encargos de Erb Mon procede de ayuntamientos, instituciones, escuelas y otros organismos públicos. Él calcula que ha pintado entre 60 y 70 colegios. En esos edificios encuentra una contradicción que resulta difícil ignorar: la escuela debería ser el templo de la creatividad, el lugar donde una persona aprende, se vuelve singular y desarrolla su capacidad de imaginar, pero algunos centros parecen fábricas. Defiende escuelas coloridas, divertidas y relajadas.
En un contexto en el que muchas personas piden imágenes figurativas y reconocibles —caras, brazos, árboles, nubes—, Erb Mon ha encontrado lugares dispuestos a aceptar líneas y campos de color. Esa decisión formal tiene una consecuencia educativa: un mural que no entrega una lectura cerrada deja a los alumnos la oportunidad de imaginar y no les impone un único modo de interpretar.
A partir de una primera experiencia que no llegó a formalizarse y en el que la afirmación que dieron como respuesta para justificar la negativa de que se hiciera el mural que pedía la asociación de madres, fue: "Un cole no tiene que ser bonito", buscó escuelas feas para defender que el lugar de la educación fuera colorido, divertido, festivo y capaz de acoger la energía de quienes lo habitan.
La parte más gratificante del trabajo es la de convertir la pintura en una acción de los alumnos. Erb Mon les da rodillos y les deja cubrir el soporte; después, cuando el mural aparece, ellos reconocen que el rojo o el color que han extendido sigue allí. El mural funciona entonces como un ejercicio práctico y empírico: la imaginación es una herramienta esencial para el futuro y en ella reside la singularidad de cada persona –una misma forma puede producir 200, 300 o 600 interpretaciones–.

Colegio Mariaren Lagundia de Bergara, Gupizkoa, 2024. Mural: 'Heat'.
La mayor parte de las intervenciones en colegio y zonas de juegos se limitan a la pintura de un muro o de varias paredes, pero Erb Mon también ha podido completa obras que se extienden más allá de una sola pared. Así fue en una Ikastola del País Vasco, un colegio singular que formaba parte de un monasterio de religiosas, un conjunto que ocupaba aproximadamente dos manzanas. Allí, la pintura se extendió por paredes, muebles, puertas y techo, y ocupó una zona de dos plantas que conectaba el colegio con el gimnasio. La intervención dejó de ser una fachada aislada para convertirse en una experiencia envolvente del edificio.

Colegio Mariaren Lagundia de Bergara, Gupizkoa, 2024. Mural: 'Heat'.

Colegio Mariaren Lagundia de Bergara, Gupizkoa, 2024. Mural: 'Heat'.

Colegio Mariaren Lagundia de Bergara, Gupizkoa, 2024. Mural: 'Heat'.
Otro ejemplo ha sido un colegio que ha pintado recientemente en Parla, Madrid, en donde convirtió el patio en un mural de 360 grados. El carácter envolvente hace que el mural se descubra por partes. En vez de funcionar como una imagen frontal, la intervención de Parla distribuye la experiencia por el patio y relaciona la percepción con el movimiento.
El trabajo en los colegios le ha dado la oportunidad de conocer una realidad muy dura, y es que hay niños que están en los centros de 8 de la mañana a 8 o 9 de la noche. Son 12 horas y ese es su mundo. El patio se convierte así en su espacio propio, su cuadrilátero cotidiano, con semejanzas compositivas inquietantes con una cárcel. En estas circunstancias dar alas a su imaginación y hacerles partícipes de esa transformación del patio genera un sentido de pertenencia muy intenso. Cuando termina el mural, los niños corren a señalar qué parte pintó cada uno. En ese instante dejan de ser espectadores de los cambios a su alrededor y se convierten en protagonistas.

CEIP en Parla, Madrid, 2026. Mural: 'Extrangeiro'.
En este sentido de la emotividad que trasciende la pintura de un mural, destaca también la experiencia en Beniparrell y cómo la pintura puede reconstruir un lugar después de una crisis. El colegio estaba cerrado a causa de la dana de Valencia y llamaron a Erb Mon para organizar una actividad con los jóvenes que ayudara a reabrirlo. El trabajo terminó ocupando toda la fachada con la participación de alumnos, profesores, padres y vecinos. Durante el proceso, los arquitectos y el equipo encargado de pintar el edificio hicieron las pruebas de color habituales: grises, caquis, marrones y beige. Cuando el director le pidió su opinión, Erb Mon defendió en cambio un colegio aguamarina, con detalles en verde azulado, un "petróleo radiante" que comunicara alegría. La fachada debía anunciar que allí ocurría algo divertido, no repetir la atmósfera de un espacio gris. La elección cromática no fue una capa decorativa, sino parte de la reapertura y de la recuperación de un espacio común.

Ejecución del mural en el CEIP Blasco Ibáñez en Beniparrell, Valencia.

Ejecución del mural en el CEIP Blasco Ibáñez en Beniparrell, Valencia. 2025. Mural: 'Travesía 2/4 Los Temporeros'.
La bondad es para Erb Mon el tercer factor de toda intervención espacial, que no entiende como un adorno sentimental, sino como una medida de la utilidad colectiva. Un espacio puede funcionar técnicamente y, sin embargo, estar diseñado contra la convivencia. Para él, arquitectos, artistas y escultores deberían trabajar juntos, con el objetivo de producir espacios capaces de sostener la alegría, la felicidad y el cuidado, y subraya que la naturaleza debería actuar como guía del color, de la forma y de la organización urbana.
La reivindicación final es que arte y arquitectura no sean campos consecutivos, como si primero se construyera y después se decorara. Son, para Erb Mon, un mismo campo de trabajo junto al urbanismo. No todo mural trabaja con la arquitectura, pero el mural que considera la escala, el soporte, la luz, la actividad y la percepción participa de ella. Allí donde se proyecta un edificio debería poder preguntarse dónde está el arte, dónde están las zonas verdes y cómo se cuida a quienes lo habitan.
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Publicado: Sep 7, 2026