Arquitectura antifrágil: tres estrategias para recuperar nuestra salud y la del planeta

Francisco Colom

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Francisco Colom es una figura singular en el panorama arquitectónico actual, al combinar práctica profesional, investigación y divulgación. Como director de diseño en MASS, defiende una arquitectura informada por el contexto social, ambiental y económico, orientada a reconectar con la naturaleza en lugar de aislarnos de ella. De ese enfoque surge el libro «Cómo hacer hielo en el desierto», cuya investigación sirve de base para el artículo que se presenta a continuación.  

El filósofo libanés Nassim Taleb (Amioun, Líbano, 1960) define antifrágil como aquello que se beneficia del paso del tiempo, el estrés o la volatilidad. Es decir, aquello que mejora gracias al cambio, la variabilidad y la incertidumbre.

Según Taleb, las cosas pueden ser:

●  Frágiles: si se rompen ante la volatilidad y la incertidumbre. Por ejemplo, un vaso de agua que se rompe al caer.

●  Robustas o resilientes: si resisten y logran quedarse como estaban. Por ejemplo, una pelota de goma que se recupera tras apretarla con la mano.

●  Antifrágiles: cuando no solo resisten el estrés, sino que, además, se benefician de él. Por ejemplo, un árbol que crece más fuerte gracias al viento. 

De acuerdo con este marco ¿cómo podemos crear edificios y ciudades antifrágiles?

Esa pregunta me empujó a escribir el libro Cómo hacer hielo en el desierto: Arquitecturas para recuperar nuestra salud y la del planeta (2025). En él defino la arquitectura antifrágil a partir de tres principios de diseño. Vamos a resumir cada principio a través de un proyecto de MASS (Modelo de Arquitectura al Servicio de la Sociedad), organización sin ánimo de lucro en la que trabajo como director de diseño.

1. Construir menos

El primer principio tiene que ver con aprovechar lo existente y reducir en lugar de añadir. También con utilizar materiales naturales y locales. Es decir, se centra en el impacto de la construcción de los edificios, responsable de la huella de carbono incorporada.

Por ejemplo, Ilima es una de las comunidades más aisladas del mundo, enclavada en la selva de la República Democrática del Congo. Por ello, el principal desafío del proyecto para su escuela era el aislamiento del lugar respecto a los centros de producción más cercanos. Para llegar a Ilima desde Kinsasa, la capital del país, son necesarias horas de transporte en avioneta, moto, canoa y a pie. Esto obliga a limitar al máximo el uso de materiales externos y a trabajar con los recursos del lugar.

Por culpa de esta limitación —o gracias a ella— el 99 % de los materiales de construcción (por peso) se obtuvo en un radio de 10 km alrededor del edificio.

Fotografía: MASS.

La tierra es el material principal y proviene en su mayoría de termiteros, considerados por los lugareños como la mejor fuente para la construcción con tierra. El segundo material por peso es la madera, utilizada para la estructura y las tejas de la cubierta.

Esta foto muestra el proceso de tala de la madera para las tejas:

Fotografía: MASS.

Algunos datos más: el barro para los bloques de tierra de los muros se obtuvo y se secó en un radio de 50 metros. La arena en un radio de 1 kilómetro. La madera para la cubierta se taló y cortó en un radio de 2 kilómetros. Finalmente, se trajeron pequeñas cantidades de cemento, acero y clavos de Kinsasa, a 1.300 kilómetros.

¿Y la cimentación? Bloques de laterita, un suelo rojo arcilloso común en regiones tropicales, extraídos a menos de 2 kilómetros.

Además, la escuela debía ser fácilmente construida y mantenida por la comunidad con las herramientas, materiales y mano de obra de los que disponen. Por ejemplo, si se rompe una teja de la cubierta, esta debe ser reemplazada fácilmente sin depender de que el material llegue desde el exterior.

Fotografía: MASS.

Este foco en los materiales y la fabricación local hicieron que la huella de carbono se redujera drásticamente. De hecho, la construcción de la escuela emitió 28 veces menos carbono por metro cuadrado que la media global para proyectos de educación primaria.

Un edificio que transforma su mayor limitación en su mayor virtud.

Un paisaje que se convierte en edificio.

O un edificio que se convierte en paisaje. 

Imagen: MASS.

2. Dialogar con el clima

El segundo principio consiste en priorizar estrategias de ventilación y climatización naturales y utilizar los sistemas mecánicos como complemento, nunca como sustituto. En este caso nos centramos en el impacto del funcionamiento de los edificios, responsable de la huella de carbono operacional.

Por ejemplo, Solimine House es un edificio de 150 viviendas asequibles para mayores en Lynn, Massachusetts, diseñado para combatir la epidemia de soledad. El proyecto busca multiplicar las oportunidades de encuentro entre los vecinos. Para ello, el edificio se retranquea de la calle y crea un jardín frontal abierto al barrio, y organiza su volumen en torno a un patio central con árboles, vegetación y distintos grados de privacidad. 

Imagen: MASS.

Estos espacios exteriores permiten a los residentes de los edificios socializar al aire libre, pero no son suficientes. Muchos de los vecinos, especialmente a edades avanzadas, no se sienten cómodos alejándose de sus apartamentos. Además, el clima de Lynn hace que estos espacios resulten demasiado fríos durante entre siete y nueve meses al año. Por lo tanto, era necesario ofrecer espacios compartidos en contacto con el exterior, accesibles desde cada planta y utilizables durante gran parte del año.

Por suerte, no se trata de un desafío nuevo para los habitantes de Nueva Inglaterra. Su arquitectura vernácula incorpora espacios intermedios conocidos como «habitaciones del sol» o «porches de tres estaciones». Son estancias acristaladas, adosadas al volumen principal de la vivienda, que se adaptan a las condiciones exteriores: abiertas y ventiladas en verano, cerradas en invierno para captar el calor solar, siempre orientadas al sur.

Fotografía: U. S. Library of Congress.

En Solimine House reinterpretamos esta tipología a escala colectiva. Cada planta incorpora una habitación del sol conectada con balcones. Se trata de espacios comunes ventilados y climatizados de forma natural que quedan fuera del volumen Passivhaus certificado, ya que de lo contrario requerirían sistemas mecánicos. La fachada deja así de ser un límite estático y se convierte en una piel dinámica que se abre o se cierra según las condiciones exteriores.

Imagen: MASS.

Esta estrategia permite duplicar los meses en los que los vecinos pueden disfrutar de espacios compartidos en contacto con el exterior, reduce la dependencia de sistemas mecánicos y acerca la vida cotidiana a los ciclos naturales. Son espacios más saludables que facilitan el acceso a luz y ventilación naturales y permiten percibir los estímulos sensoriales del exterior.

El edificio, funciona así como un organismo vivo: un sistema abierto que interactúa con el clima, en lugar de un sistema cerrado que se aísla de él.

Imagen: MASS.

3. Renaturalizar

El tercer principio tiene que ver con devolverle a la naturaleza el espacio perdido y promover la coexistencia saludable entre humanos, animales y plantas. Se centra en el impacto de los ecosistemas naturales en y alrededor de los edificios.

Un ejemplo es el campus universitario del Rwanda Institute for Conservation Agriculture (RICA), situado en Bugesera, al sureste de Ruanda. El proyecto incluye 69 edificios, pero su alcance va más allá de la arquitectura construida para actuar estratégicamente sobre el lugar y restaurar ecosistemas dañados.

Fotografía: Iwan Baan.

Ruanda es el país con mayor densidad de población de África continental y se estima que entre 2020 y 2050 su población se duplicará, pasando de 12 a 22 millones de personas. Esta presión demográfica ha transformado de forma radical el territorio. En 1990, el 80% del país era hábitat natural. Hoy, ese mismo porcentaje se destina a la agricultura, lo que ha contribuido a la deforestación, la degradación del suelo y la pérdida de biodiversidad.

En este contexto, RICA nace como un campus universitario con el objetivo de apoyar el emprendimiento en torno a sistemas de producción de alimentos que beneficien a los ecosistemas en los que se insertan

Fotografía: Iwan Baan.

La primera decisión fue no alterar los ecosistemas sanos. Por lo tanto, el proyecto se ubica fuera de la zona de bosque no transformado por el ser humano, preservando así un importante depósito natural de carbono. El campus se sitúa entre dos lagos y un bosque que, en el pasado, estuvieron conectados, hasta que la deforestación interrumpió esa continuidad, limitando la migración de flora y fauna.

A partir de ahí, el diseño de los edificios se alinea con los dos principios anteriores. Por una parte, su diseño termodinámico evita el uso de sistemas mecánicos y su planta solar produce el 100 % de la electricidad utilizada, lo que permite que la huella de carbono operacional sea nula. 

Fotografía: MASS.

Por otra parte, se utilizan materiales naturales y de origen biológico: cimentación de piedra, muros de tierra, estructuras de madera y cubiertas de teja de terracota cocida localmente. Esto permitió reducir la huella de carbono de la construcción de los edificios a menos de la mitad de la media de proyectos similares en esta región.

Fotografía: Iwan Baan.

Sin embargo, esto quiere decir que su impacto ambiental sigue siendo negativo, ya que el proceso de construcción sigue generando emisiones de carbono.

¿Cómo puede el campus tener un impacto positivo?

La respuesta pasa por mirar más allá de los edificios y actuar estratégicamente sobre el resto de la parcela para restaurar los ecosistemas dañados. Para ello, el proyecto incorpora corredores naturales que reconectan el bosque con el lago, formados por más de un millón de nuevas plantas que permiten restablecer la movilidad de las especies entre ecosistemas.

Además, el campus incluye un plan de reforestación a gran escala, un ejercicio de renaturalización que permite capturar más dióxido de carbono. Gracias a esta estrategia, RICA compensará el carbono asociado a la construcción de los edificios antes de 2040 y se convertirá, a partir de entonces, en el primer campus del mundo con un impacto medioambiental positivo.

Imagen: MASS.

Por lo tanto, el objetivo de los dos primeros principios es reducir el daño. En el primero, construir menos y con materiales naturales, buscamos reducir el impacto ambiental de la construcción de edificios (por ejemplo, el carbono incorporado). En el segundo, dialogar con el clima, el objetivo es reducir el impacto del funcionamiento de esos edificios (por ejemplo, el carbono operacional). Sin embargo, el tercero, renaturalizar, nos permite ir más allá y generar un impacto ambiental positivo, al restaurar los ecosistemas dañados.

¿Y qué tienen los tres principios en común?

Lo más importante: reducen la distancia entre el ser humano y la naturaleza, eliminando intermediarios innecesarios.

Por lo tanto, si el objetivo de la arquitectura sostenible es resistir y evitar un impacto negativo a base de añadir cosas, el de la arquitectura antifrágil es provocar un impacto positivo gracias a eliminar artificialidad.

Pasamos así de construir más a construir menos.

De independizarnos del clima a dialogar con el clima.

De extraer a renaturalizar.

De sostenible a antifrágil.

Fotografía: Iwan Baan

PD. Estos tres principios son los protagonistas del libro Cómo hacer hielo en el desierto: Arquitecturas para recuperar nuestra salud y la del planeta (2025). También de la newsletter gratuita de sostenible a antifrágil.

Francisco Colom.


Editado por:

Redacción .. Tectónica

Publicado: Jan 29, 2026

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